Pese a la adversidad, la vida siempre nos da lo necesario para salir adelante. A veces lo hace en forma de maestros, otras en caminatas polvorientas, o en la calidez de una abuela que abraza mientras el campo llama a los padres. Esta es la semblanza de una mujer que supo encontrar en la lucha cotidiana las semillas del amor propio y la fuerza interior.
Prescolar entre montañas y multiplicaciones
“En el rancho que yo vivía con mis papás no había preescolar, se iniciaba desde la primaria” Su maestro, Eduardo, la acompañó de primero a sexto año. Las matemáticas eran su reto, especialmente las tablas de multiplicar». Ella y su hermana mayor las sufrían, hasta que un día su padre, con un cinto en mano, les dijo con firmeza: “¿Cuántas veces quieren que nos sentemos?”. Aquel momento, aunque duro, fue decisivo. “Nos forjaron… nos enseñaron que había que aprender las cuentas”. Una enseñanza que dolió, pero que también sembró la disciplina.
Infancia entre cuidados y canicas
Desde muy pequeña, Erika vivió con bronquitis, lo que la convirtió en una niña especialmente cuidada. “Mis papás siempre estaban al pendiente de mí, de que no me mojara, de que no anduviera descalza”. Pero eso no impidió que disfrutara de los juegos de su infancia: desgranaba maíz y frijol, jugaba canicas, se distraía entre labores del campo. Una infancia diferente, sí… pero profundamente abrazada.
Adolescencia a paso firme
No fue noviera. Fue una adolescente serena, enfocada. Su padre les dijo una vez: “No les voy a dejar herencia, les voy a dejar estudios”. Y con esa frase en el corazón, caminaba junto a sus primos 6 kilómetros diarios para llegar a la secundaria. “Queríamos ser diferentes”, recuerda. El grupo entraba y salía junto, sin espacio para distraerse. Cruzaban cerros, andaban en sandalias, enfrentaban la lluvia… pero nunca dejaron de soñar. “Quiero cambiar mi manera de vivir”, se decía a sí misma.
Una familia de siete y el abrazo de la abuela
Segunda de siete hermanos —cinco mujeres y dos hombres—, Erika recuerda con especial cariño a su abuela, quien siempre estuvo para ellos cuando sus padres estaban en el campo. “Nos cuidaba, nos respaldaba. Siempre tenía momentos abrazadores”. Esa red de apoyo tejida entre generaciones fortaleció el carácter de quienes crecieron entre surcos y cariño.
Estudios, maternidad y una sed insaciable de superarse
Cuando su hermana mayor estudió en una escuela privada, Erika pidió la misma oportunidad. Estudió Contaduría Fiscal en Informática y terminó su carrera técnica. A los 18 años se convirtió en madre, pero no abandonó su deseo de aprender. Terminó la preparatoria abierta mientras criaba a su primera hija, y al nacer la segunda, comenzó la carrera de Administración de Empresas, que aún está en pausa, pero no olvidada. “No pierdo la esperanza de terminarla”.
Un recuerdo entre risas y polvo
“Una vez veníamos en bicicleta, era tiempo de secas… había mucho polvo suelto”. En la bajada de Puerta de Potrerillos, Erika y sus primos cayeron en un paredón. Regresaron todos llenos de tierra, muertos de risa. “Eso es algo que recuerdo mucho”. Porque en medio de lo duro, la risa siempre encuentra su espacio.
¿Qué cambiarías de tu vida?
“El tema de la enfermedad… la falta de hacer deporte”. Erika no juzga a sus padres, entiende que en su tiempo las oportunidades eran otras. “Hoy hay tantas cosas fáciles, y aún así nos quejamos…”. Sus palabras invitan a la reflexión.
Su presente: una madre, una guía
“Como mamá de seis hijos, quiero decirles a los papás que formemos a nuestros hijos no sólo en lo que les gusta, sino en lo que es bueno para ellos. Fomentarles el deporte, alejarlos del encierro. Que seamos nosotros quienes los formemos, y no la vida quien los forje”.
¿Quién es hoy Erika García Rubio?
“Soy Erika García Rubio, Regidora del H. Ayuntamiento de Puerto Vallarta, con las comisiones de recreación, deporte y juventud”. Una mujer que ha transformado sus caminos de tierra en caminos de servicio. Que no olvida de dónde viene, porque ahí está su raíz, su fuerza, su verdad.
Recordar es vivir. Y al recordar la vida de Erika, recordamos también la de tantas mujeres que han caminado entre montañas, entre deberes y sueños. Su historia nos recuerda que el amor propio se construye desde la infancia, que el estudio puede ser herencia, y que aún en la adversidad, la vida nos da las herramientas para seguir adelante… y florecer.



