En cada vida hay memorias que se guardan como pequeños tesoros del alma. Algunas se esconden entre las risas de la niñez, otras entre travesuras adolescentes, pero todas nos construyen y nos definen. Así lo demuestra el personaje de esta semana, quien nos abre su corazón para compartir una semblanza de amor, crianza, identidad y orgullo. Una historia tejida entre los recuerdos de Guadalajara y el calor humano de esta tierra vallartense que hoy llama hogar.
Una niñez entre hermanos
Fue la más pequeña de siete hermanos cuatro varones y tres mujeres, creciendo principalmente entre varones, ya que sus dos hermanas mayores estaban en otra etapa de vida. Recuerda con ternura aquellos primeros años en los que, con apenas tres de edad, ya cuidaba de un guajolote como si fuera su mascota. “Lo alimentaba, lo cuidaba, era mío”, nos dice con nostalgia. Hasta que llegó la Navidad, y con ella, la dura lección de la vida: su querido animalito fue servido en la cena familiar. Sus padres le decían que el guajolote había volado… pero bastó abrir el refrigerador para descubrir la verdad. “No les hice caso. Fui directo y ahí estaba”, rememora entre risas y algo de ternura.
La escuela y sus recuerdos
La etapa escolar comenzó en parbulitos y más tarde en el Colegio Tepeyac de Guadalajara, un colegio de niñas que dejó marcada su infancia. Recuerda con cariño a la maestra Martha, “una de esas maestras de antes, estrictas pero buenas”. Ya en la primaria, la moda del momento era el grupo Parchís, y junto a cuatro compañeras formaron su propia versión escolar: ella era la ficha amarilla y se presentaban en cada festival, como el grupo oficial del colegio.
Adolescencia en Reforma
La secundaria la cursó en el Colegio Reforma, una institución de señoritas dirigida por monjas. A esa edad ya aparecían los primeros pretendientes que esperaban afuera de la escuela. “Si era un chico que te gustaba, salías; si no, te escapabas por la otra esquina”, recuerda entre carcajadas. También vivió su primera y única pinta, organizada con amigos del barrio, aunque terminó en regaño y castigo que la hicieron desistir de repetirla.
Entre la vigilancia fraternal y los primeros amigos
«Mi primer novio fue a los quince años, pero fui muy cuidada por mis hermanos, en ese entonces celosos machos como en esa época, tengo un hermano en especial que era como muy marcado, el salía a las ocho de la noche y nada más con la mirada me decía que ya me metiera, me dejaban salir a jugar a platicar, afuera de la casa y más que nada porque en la esquina de la casa de mi mamá había un local comercial y los rentaban a unos chicos que tenían una peletería, y ahí era el centro de reunión de todos los chavos y la verdad que nos juntábamos muchos, me echaban la burla todos los amigos, decían ya llego tu papá a meterte y pues nada era mi hermano, me metía llorando pero luego mi mamá le decía deja que se vaya y me dejaba otro ratito»
¿Y si pudieras cambiar algo?
“No cambiaría nada de lo que he vivido”, afirma con certeza. “Me casé joven, tengo un buen esposo, y entre las altas y bajas de la vida matrimonial, seguimos juntos. Soy feliz”. Hoy, tras más de dos décadas radicando en Puerto Vallarta, Paula Celina es una mujer realizada, agradecida por sus raíces tapatía y orgullosa de contribuir con su labor a este hermoso destino turístico.
Recordar es vivir, y en las palabras de Paula Celina se confirma que las memorias, incluso las más sencillas, son los pilares de nuestra historia. A través de sus recuerdos, ella nos invita a valorar cada etapa, cada enseñanza, y a mirar la vida con una sonrisa, aún cuando alguna vez se haya tenido que despedir de un guajolote amado.




